-Ya arreglé mi auto, me voy de vacaciones.
-¿A dónde?
-Al sureste, a Mérida, Yucatán.
-Si sales del DF y vas a Mérida, no vas al sureste, vas al noreste.
-¿Noreste? Mérida está en el sureste del país, eso todo el mundo lo sabe.
-Sí, tú lo has dicho, del país. Pero el DF no es el centro del país, al menos no su centro geográfico.
-Pero si ya revisé el mapa de carreteras: tengo que salir por el sur, atravesar varios estados y todo en dirección al sureste. Pasando Tabasco ya estás en la península y llegas a Mérida.
-Cómo se ve que no sabes leer mapas. Hasta pasar Tabasco tienes que recorrer setecientos kilómetros en dirección sureste, estoy de acuerdo. Pero para llegar a Mérida necesitas avanzar cuatrocientos kilómetros en dirección noreste y más hacia el Norte que al Este, así que terminas al Norte del DF.
-Entonces ¿por qué todas las personas dicen que van al sureste?
-Dicen que van al Sureste, a la región del país así nombrada. Pero no todos dicen que van al sureste. Si el destino es Mérida, los chiapanecos tienen claro que van al norte y los cubanos viajan al oeste. El error consiste en pensar que el DF se ubica en el centro geográfico del país.
-Y ¿qué tan al norte es encuentra Mérida?
-Está casi igual que Guanajuato. Mérida se ubica en los 20° 58' 4'' y Guanajuato está en los 21° 1' 4', ambos en la latitud norte.
-Está bien, voy de vacaciones al noreste del DF, a Mérida. O al Sureste.
-Entonces te deseo un buen viaje.
-Pero no me dejes con la duda, ¿dónde está el centro de México?
-Esto depende de quién lo diga y cuál es su contexto; me explico:
En la Ciudad de Aguascalientes existe una columna en la Plaza Patria que se consideró como el centro de México. Pero su único mérito es que se dice que es el centro del país, en realidad no lo es.
En Tequisquiapan existe un monumento que pretende ser el centro geográfico de México, pero su mérito es que Venustiano Carranza lo decretó durante la Revolución Mexicana, sin más.
El Zócalo del Distrito Federal es otro lugar que se ha considerado el centro del país. En este caso se puede hablar del centro político, pero no del centro geográfico.
INEGI consideró lo siguiente: si trazamos un cuadrado con las coordenadas geográficas extremas del territorio, el centro del cuadrado se puede considerar el centro del país. Dicho punto se encuentra en Zacatecas.
Pero también se puede considerar lo siguiente: si dibujamos los límites geográficos del país en un cartoncito y lo recortamos y después tratamos de mantener el cartoncito en equilibro sobre la punta de un alfiler, entonces de forma intuitiva vamos a encontrar el centro geométrico, y geográfico, de México. Las coordenadas geográficas exactas de este punto son 23°55’11’’ latitud Norte y 102°9’45’’ longitud Oeste. Y como es de esperarse, se encuentra en medio de la nada, a la mitad del desierto de Zacatecas.
Referencias
http://es.wikipedia.org/wiki/Mérida_(Yucatán)
http://es.wikipedia.org/wiki/Guanajuato_(Guanajuato)
http://es.wikipedia.org/wiki/Aguascalientes_(Aguascalientes)
http://es.wikipedia.org/wiki/Tequisquiapan_(municipio)
http://productforums.google.com/forum/#!topic/gec-nature-science-moderated/vIxIwd-17u0
Escrito el 12 de Enero de 2014.
sábado, 31 de enero de 2015
miércoles, 21 de enero de 2015
Salvemos a los animales. ¿A cuáles?
Mucha gente busca salvar o, al menos, evitar el dolor de los animales. Buscan no tener o consumir productos que, para su elaboración, los hayan utilizado. Alegan que deben ser respetados, tienen derechos y debemos respetar estos derechos.
Esto me suena muy loable, en primera instancia. El problema es que no existe forma de que una especie animal, como el hombre, sobreviva en este planeta sin depredar. De hecho, no existe una especie, animales o vegetales, que para su sobrevivencia no utilice los recursos de otra especie. Tendrías que descender hasta los microbios, hasta algunas bacterias y algas para encontrar ahí una forma de vida que mantenga de recursos inorgánicos exclusivamente.
Los protectores de los animales argumentan que no son todos los animales los que tienen derechos. El problema ahora, es que no dan una regla clara a seguir sobre qué animales sí y cuáles no, tienen derechos. Cuando se habla de derechos de animales generalmente se habla de los derechos de los mamíferos, reptiles y aves. Pero se olvidan de muchos casos de parásitos del hombre que también son animales, se olvidan de algunos mamíferos, aves y reptiles y muchos insectos que depredan al hombre y se enfocan básicamente al mal trato que se les da a los animales de granja, a que se sacrifican con saña, al que se hagan corridas de toros o peleas de gallos. O se enfocan en los animales de compañía, perros y gatos, que sufren por el descuido de sus dueños. O en los animales cautivos en circos o zoológicos que sufren por el encierro y malos tratos.
Viendo esto último, empiezo a entender a qué animales tratan de defender estas personas. No son todos los animales, son aquellos animales con los que conviven, los animales que tienen alguna función, viven o tienen algún lugar en las ciudades. Esto explica, en parte, la diferencia de visiones de los defensores de los animales en las ciudades y, por ejemplo, la gente de campo. Una persona en el campo, bien puede pensar en matar una gallina para comer y no pasa nada. Bien pueden utilizar una vaca o un caballo para aprovechar sus recursos y nunca lo van a ver mal. En cambio, en las ciudades, los protectores de animales pueden alegar que siempre hay formas de sustituir los productos de los animales explotados por otros productos. La gente del campo no tiene esta opción.
Sin embargo, los defensores de los animales olvidan que para que ellos tengan estas opciones debió de haber alguien, otra persona que matara. Simple y llanamente, que matara. Cuando alegan que no se debe utilizar ropa de cuero, por ejemplo, se olvidan de que las telas sintéticas también matan animales. Matan animales cuando se explota el pozo petrolero, cuando se refina el petróleo, cuando se fabrican los tejidos sintéticos. Igual con los tejidos vegetales: un campo de algodón es un monocultivo donde se eliminó un ecosistema diverso. Además, los tejidos vegetales requieren de tratamientos que contaminan el ambiente. También olvidan que los animales no solamente mueren por su cuero, se matan animales para tener vacunas. Y esta gente quiere ignorar ello, pareciera que prefieren tener pandemias entre los humanos que sacrificar animales.
Puede ser que esta postura de los defensores de los animales radique en que la moral depende del medio en el que vives. Es decir, en las sociedades que viven en medios muy agresivos, la gente tiene una moral basada en el bien común. Trabajan para la sociedad; sabiendo que un solo individuo no va a poder vivir en ese ambiente, buscan trabajar en equipo. En cambio, en lugares en los que el medio es menos agresivo, donde hay recursos para todos, donde no es necesario el trabajo en equipo para la sobrevivencia, pues, entonces, la moral no obliga al bien común. Puede obligar al respeto a los demás, pero no al trabajo en equipo.
Este ejemplo me lleva a decir que la moral de los defensores de los animales sólo aplica a ellos. Cualquier otra persona que no viva en la sociedad y el estatus social de los defensores de los animales, llegará a conclusiones diferentes respecto a los animales.
Escrito el 18 de Agosto de 2013
Esto me suena muy loable, en primera instancia. El problema es que no existe forma de que una especie animal, como el hombre, sobreviva en este planeta sin depredar. De hecho, no existe una especie, animales o vegetales, que para su sobrevivencia no utilice los recursos de otra especie. Tendrías que descender hasta los microbios, hasta algunas bacterias y algas para encontrar ahí una forma de vida que mantenga de recursos inorgánicos exclusivamente.
Los protectores de los animales argumentan que no son todos los animales los que tienen derechos. El problema ahora, es que no dan una regla clara a seguir sobre qué animales sí y cuáles no, tienen derechos. Cuando se habla de derechos de animales generalmente se habla de los derechos de los mamíferos, reptiles y aves. Pero se olvidan de muchos casos de parásitos del hombre que también son animales, se olvidan de algunos mamíferos, aves y reptiles y muchos insectos que depredan al hombre y se enfocan básicamente al mal trato que se les da a los animales de granja, a que se sacrifican con saña, al que se hagan corridas de toros o peleas de gallos. O se enfocan en los animales de compañía, perros y gatos, que sufren por el descuido de sus dueños. O en los animales cautivos en circos o zoológicos que sufren por el encierro y malos tratos.
Viendo esto último, empiezo a entender a qué animales tratan de defender estas personas. No son todos los animales, son aquellos animales con los que conviven, los animales que tienen alguna función, viven o tienen algún lugar en las ciudades. Esto explica, en parte, la diferencia de visiones de los defensores de los animales en las ciudades y, por ejemplo, la gente de campo. Una persona en el campo, bien puede pensar en matar una gallina para comer y no pasa nada. Bien pueden utilizar una vaca o un caballo para aprovechar sus recursos y nunca lo van a ver mal. En cambio, en las ciudades, los protectores de animales pueden alegar que siempre hay formas de sustituir los productos de los animales explotados por otros productos. La gente del campo no tiene esta opción.
Sin embargo, los defensores de los animales olvidan que para que ellos tengan estas opciones debió de haber alguien, otra persona que matara. Simple y llanamente, que matara. Cuando alegan que no se debe utilizar ropa de cuero, por ejemplo, se olvidan de que las telas sintéticas también matan animales. Matan animales cuando se explota el pozo petrolero, cuando se refina el petróleo, cuando se fabrican los tejidos sintéticos. Igual con los tejidos vegetales: un campo de algodón es un monocultivo donde se eliminó un ecosistema diverso. Además, los tejidos vegetales requieren de tratamientos que contaminan el ambiente. También olvidan que los animales no solamente mueren por su cuero, se matan animales para tener vacunas. Y esta gente quiere ignorar ello, pareciera que prefieren tener pandemias entre los humanos que sacrificar animales.
Puede ser que esta postura de los defensores de los animales radique en que la moral depende del medio en el que vives. Es decir, en las sociedades que viven en medios muy agresivos, la gente tiene una moral basada en el bien común. Trabajan para la sociedad; sabiendo que un solo individuo no va a poder vivir en ese ambiente, buscan trabajar en equipo. En cambio, en lugares en los que el medio es menos agresivo, donde hay recursos para todos, donde no es necesario el trabajo en equipo para la sobrevivencia, pues, entonces, la moral no obliga al bien común. Puede obligar al respeto a los demás, pero no al trabajo en equipo.
Este ejemplo me lleva a decir que la moral de los defensores de los animales sólo aplica a ellos. Cualquier otra persona que no viva en la sociedad y el estatus social de los defensores de los animales, llegará a conclusiones diferentes respecto a los animales.
Escrito el 18 de Agosto de 2013
domingo, 11 de enero de 2015
El demonio de Maxwell.
No puedes ganar.
No puedes empatar.
No puedes abandonar el juego.
Estas tres frases resumen las leyes de la termodinámica: no es
posible hacer algo, lo que sea, sin perder energía en forma de
calor.
La primera frase quiere decir que no es posible crear energía de la
nada.
La segunda frase significa que siempre tendrás una pérdida de
energía.
La tercera implica que esto sucede en todo el Universo, por lo tanto
no podemos sustraernos.
Sin embargo, James Clerk Maxwell ideó un experimento mental donde
daba pauta para intentar violar las leyes de la termodinámica: su
demonio.
Imaginemos dos habitaciones separadas por una puerta. Un demonio
puede abrirla y cerrarla a voluntad y las habitaciones están llenas
de un gas. Las moléculas del gas las podemos imaginar cómo pequeñas
pelotas que viajan a diferentes velocidades. Pueden pasar de una
habitación a otra si el demonio mantiene la puerta abierta; cuando
el demonio cierra la puerta las moléculas quedan confinadas en una u
otra habitación.
El demonio puede decidir abrir y cerrar la puerta para dejar pasar
las moléculas rápidas hacia una habitación, y las moléculas
lentas hacia la otra habitación. De esta manera, se puede llegar a
tener todas las moléculas rápidas juntas y separadas de las
moléculas lentas.
La velocidad de las partículas es importante: la diferencia entre el
agua amorfa y una estatua de hielo es la velocidad de las moléculas
de agua. Las moléculas del hielo tienen poca velocidad. Además, si
se quiere ordenar las moléculas se necesitan velocidades bajas y el
orden de las moléculas es importante: las moléculas desordenadas
del aire se convierten en combustible cuando nosotros absorbemos el
oxígeno en nuestros pulmones. Se pasa del aire caótico al orden
bioquímico del cuerpo.
Sí este demonio existiera, se podría violar las leyes de la
termodinámica: podríamos vivir sin comer o respirar o podríamos
correr sin cansarnos. Pero el demonio no existe. El problema del
experimento mental de Maxwell radica en que es necesario que el
demonio utilice energía para abrir y cerrar la puerta, por ello las
moléculas de gas en las habitaciones no se pueden separar solo con
la voluntad del demonio.
¿Por qué sería importante pensar en este demonio? No existe y,
según la ciencia, nunca va a existir. Sucede que para llegar a un
lugar es necesario tener un rumbo, una dirección. Tal y como en los
viajes: necesitas saber dónde está el norte para llegar a tu
destino, aunque no quieras llegar hasta el Polo Norte. El demonio de
Maxwell es una referencia para los científicos que estudian la
termodinámica, les dice que puede pasar cuando se acercan a los
límites del Universo.
¿Debería este demonio ser importante para las personas? Puede ser
importante para los científicos pero, ¿las personas que no hacen
ciencia, lo necesitan?
Trabajar con el experimento no es necesario para las personas, pero
saber que existe puede ayudar a evitar ser estafado cuando alguien
ofrezca una solución mágica a algún problema: desde medicinas para
perder peso y hasta métodos para aprender sin esfuerzo. En esos
casos sería bueno que la gente tuviera presente la utilidad del
demonio de Maxwell, pero que no existe.
Escrito el 6 de Junio de 2013.
miércoles, 31 de diciembre de 2014
¿Minimalismo o frugalidad? Parte II.
Los minimalistas, ya mencionados anteriormente, se enfocan mucho en
decir que con su estilo de vida no se va a gastar dinero. Obvio,
porque no se van a comprar tantas cosas, y lo que compres será
barato porque estarán en un disco duro, a veces gratis por las
descargas de internet y a veces con un costo reducido porque ni la
persona ni la editorial tienen que imprimir.
Otro de sus argumentos es que entre menos cosas tengas, más ayudas
al ambiente. Esto último, para la literatura, es cuestionable: la
primera impresión es que tener muchos libros en un CD puede ser más
ecológico, pues este último ocupa menos espacio, y porque el costo
ecológico de la fabricación del CD es menor que el de la
fabricación de los cientos de libros de papel que pueda contener. El
gran problema aquí es que el CD como tal no se puede leer. Yo no
puedo leer un CD; necesito que la computadora lo lea y proyecte el
libro en la pantalla. Y entonces el problema es que la computadora sí
tiene un costo ecológico mayor al de los libros. Más aún, la
computadora la reemplazo cada tres o cuatro años, mientras que el
libro lo puedo leer durante décadas.
Además, si de lo que se trata es de beneficiar el ambiente, un libro
se puede prestar a muchas personas para su lectura. En cambio la
computadora frecuentemente tiene información que no se desea que
nadie más lea, de tal forma que no ando prestándosela a nadie.
Otra de las cosas que no consideran los promotores del minimalismo es
que la computadora genera costos ambientales durante la fabricación
(explotación de los recursos), durante el uso (consumo de
electricidad) y durante el desecho (basura electrónica difícilmente
reutilizable). En cambio el libro contamina durante la fabricación,
no durante el uso. Y durante el desecho se puede reutilizar o
reciclar.
En cuanto al cine y la música, desde que se empezó a vender discos,
casetes y CDs para la reproducción doméstica fue necesario el
aparato que leyera y llevara los sonidos a las bocinas o las imágenes
a las pantallas. Se puede pensar que una computadora es más
ecológica que los antiguos tornamesas y videocaseteras, pero queda
una duda: ¿Cuántas computadoras tiene una persona en su vida? Si
esto lo comparamos con el tornamesa que tuvieron nuestras abuelas
durante toda su vida entonces la laptop no se ve tan verde ni tan
ecológica.
Entonces, existen dos cuestiones diferentes dentro del movimiento
minimalista: por un lado las cosas materiales que nunca van a dejar
de ser así como la ropa, los muebles o las casas y por otro lado las
cosas que pueden ser digitales. Las cosas digitales tienen el gran
problema del cambio de computadora, de teléfono celular, de tablet,
y eso es lo que las hace poco ecológicas.
Bien dice el dicho: no todo lo que brilla es oro.
Escrito el 19 de Mayo de 2013.
Nota al lector: este
texto debió publicarse el 1 de enero de 2015, por problemas
relacionados con la fecha se publicó un día antes.
¿Minimalismo o frugalidad? Parte I.
Existe un movimiento social llamado minimalismo, que no tiene que ver
con el movimiento artístico de la pintura o la arquitectura, pero
está inspirado en ellos.
Uno de los aspectos más fuertes de este movimiento minimalista tiene
que ver con la ropa; con consumir menos, con cuidar la que se tiene,
con comprar calidad y evitar estar comprando por temporada o por
moda. Otro de sus aspectos son los muebles o el tipo de casa que
promueven; de ahí sale la gran influencia que tiene la arquitectura
minimalista en este movimiento. Se buscan hacer casas chicas con lo
indispensable, sin ser ostentosas pero al mismo tiempo con buen
gusto.
Las personas minimalistas, antes llamadas frugales, buscan vivir con
pocas cosas. Lo interesante de esto es que se trata de vivir con lo
mínimo necesario, resaltando la importancia de las vivencias por
encima de las posesiones. Pero con el uso masivo de las computadoras
y de los medios de almacenamiento de información, ha sucedido algo
curioso: lo que antes era frugalidad en el sentido de tener pocas
cosas, terminó siendo un cambio de formato: en vez de tener cien
libros en papel ahora se tienen mil libros en un CD. Y como este
último ocupa menos espacio que los libros, las personas consideran
que son minimalistas, que viven con menos.
Esto es una falacia; finalmente, sí tengo muchos libros, pero los
tengo en un formato que no ocupa espacio. Lo mismo ocurre con
cualquier cosa que se pueda meter en un disco duro: películas,
fotografías, textos, no importa si son libros de literatura o libros
técnicos, ensayos científicos o filosóficos. Cuando los
minimalistas se dedican a promover esta forma de vida pocas veces
hacen la reflexión de que para lograrlo se necesita disciplina.
Disciplina para saber distinguir entre lo importante y lo
superficial, entre lo que se utilizará en el futuro y lo que se
guarda sólo por no desprenderse de ello.
La disciplina es la que nos permite saber distinguir entre los buenos
y los malos libros, entre aquéllos que nos agradan y aquéllos que
simplemente están ocupando un espacio. Cuando se almacenan los
libros en una computadora ya no es necesario hacer esta distinción
entre libros buenos y malos. Se puede presumir la posesión de muchos
libros aunque ello no quiera decir que todos son buenos, o que ya se
leyeron todos, o que ya los comentamos todos. Una computadora permite
acumular basura que antes se acumulaba en un librero; no se trata de
que ya no tenga basura, se trata de que ya no tengo el librero.
Por lo anterior, creo que es necesario dar gracias a los minimalistas
su deseo de nombre rimbombante y moderno; así se puede distinguir
fácilmente entre el minimalista que guarda basura en un CD y el
frugal que es selectivo con lo que guarda.
Escrito el 19 de Mayo de 2013.
domingo, 21 de diciembre de 2014
Servicio de agua potable, aunque cueste
Dios da el agua pero no la entuba. Con esta frase, un maestro en la
universidad nos explicó el problema de cobrar el servicio de agua
potable. Resulta que la gente quiere el agua, exige el agua, sabe que
es un derecho tener agua potable en sus casas, pero es difícil
hacerles entender que es necesario pagar por el servicio respectivo.
Es posible que se deba a un mal uso del idioma: un mal uso del
sustantivo agua. Recuerdo al menos dos casos de ciudades, el de
Xalapa y el de Querétaro, donde un acueducto sirvió para proveer de
agua potable durante más de cien años a la población. En ambos
casos el agua se obtenía de fuentes superficiales, manantiales o
ríos, y era transportada por un acueducto. No era necesario utilizar
bombas para transportarla porque la fuente estaba cerca de la ciudad;
no era necesario potabilizarla porque no estaba contaminada, y no era
necesario almacenarla porque había mucha agua potable respecto a la
que se consumía. En esta situación se utilizó mal el sustantivo:
la gente llamaba agua a lo que era agua potable.
Con el paso del tiempo la situación cambió. Ya no había tanta agua
y entonces fue necesario almacenarla. Las fuentes superficiales se
contaminaron; entonces fue necesario potabilizarla. Se necesitaba más
agua; entonces fue necesario transportarla de lugares más lejanos.
Tiempo después también fue necesario tratar el agua residual antes
de descargarla al ambiente. Pero el sustantivo siguió siendo el
mismo: agua.
Este cambio fue gradual, pero ha llevado a que lo que antes se
llamaba agua ahora se debería llamar servicio de agua potable. Es
decir, antes tú recibías materia, algo físico, tangible: agua.
Ahora tú debes devolver esa agua; solo se te permite usarla. Se
garantiza que va a tener una calidad aceptable para consumo humano
cuando te la entreguen, pero no debes pensar que es tuya. Lo que
antes era agua ahora es un servicio. Y la materia, el agua como tal,
es algo que sólo pasa por tu casa satisfaciendo necesidades; no es
algo físico que tú puedas aprovechar, que tú puedas usufructuar,
que tú te puedas quedar con ella.
Es posible que la economía del lenguaje juegue en contra del pago
del agua. Por ejemplo, nadie paga la luz, nadie cobra la luz. Sin
embargo, toda la gente cada dos meses va a las oficinas de la
Comisión Federal de Electricidad a pagar el servicio de suministro
eléctrico; toda la gente lo llama luz, “voy a pagar la luz”.
Nadie está cobrando la luz. La luz es algo que se da todos los días,
basta con que salga el sol. Sin embargo es más fácil decir “voy a
pagar la luz” que decir “voy a pagar la electricidad”. Peor
aún, “voy a pagar la luz” es mucho más fácil que decir “voy
a pagar el servicio de suministro eléctrico”. Lo mismo pasa con el
agua: es más fácil decir “voy a pagar el agua” que decir “voy
a pagar el servicio de agua potable”.
A partir de este caso de economía del lenguaje es clara la confusión
de las personas y su negativa al pago del servicio. Si el agua es
gratuita, entonces no tengo que pagar por ella. Lo malo es que no se
cobra el agua, se cobran los servicios de extraer, conducir,
potabilizar, almacenar, distribuir, recolectar y tratar el agua.
Escrito el 18 de Agosto de 2013.
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